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A lo bruto
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Diario de León |
Autor:
Pedro García Trapiello |
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NADA ESPECIAL que hacer. Está el invierno atando manos. Las tierras
duermen, los arados se ahorcan en esperas, el ganado en las cuadras, la
vida quieta, los días cortos, las noches eternamente largas en todos
esos pueblos perdidos, noches de guarecerse en la guarida junto a la
lumbre con cuentas y cuentos, horas muertas matadas con medias chácharas
y rosarios, los mozos pasan de rezar, reburdian y escapan con los otros
mozos, la geografía navideña da licencia, sacan andrajos y antruejos,
pellejos, cuernos, cencerras, se visten de zafarrones y jarratrapos,
guirrios grotescos, extravagancia de esparto guarro, otro se cubre con
cabeza de toro y emburria con ganas de encuerne a toda moza de palpar
que se cruza al paso en calle o zaguán, se conjura el muermo invernal
con risotada, se adelanta el disfraz de Carnestolendas, pueden las ganas
y en tierra zamorana, leonesa, gallega o asturiana palpita aún algún
rastro de la vieja tradición de carnavalear por Pascuas sacando la burla
a pasear y armando tiberio en corrales, patatas de hoguera, arrejunte en
pajares, arrímate paca cordera, quitallá cachomierda, que sí, que no...
y esta noche va a nevar... Por san Silvestre en Babia hacían otro tanto.
Y en Valdeburón, en Sayago... En una de estas cayó preñada Hermelinda
Suárez y en su pueblo de Cantejeda hubo quebranto con calderos de
lágrimas de ella y una fulminante filípica del padre. Y lo peor: no
quería al mozo, lo aborrecía. Pues no tienes por qué casarte, si no
quieres, sentenció su padre; pero vete de casa. Quiso la familia del
mozo que se casara con él. ¡Y un cuerno! Vivió con su tía en la ciudad.
Tuvo una niña. Por ella peleó, perreó y desolló uñas. Tenía Hermelinda
entonces diecisiete años. Jamás se casaría. Hoy tiene ochenta y cuatro.
Su hija Consolación o Consoles acaba de jubilarse de catedrática de
Canónico en Compostela, la colma de orgullo y adora a su madre, la cuida
y no tiene con qué pagarle tanto y tanto. Aunque lo pasó mal como madre
soltera, agradece a las zafarronadas la suerte de darle una hija así y
las recuerda con rubor pícaro. Pero aquello murió. No creas. Hoy los
mozos también se disfrazan, aunque de pijos, y en vez de meterse en un
toro de cartón, se visten con un coche de cartón, se atormentan de ruido
y chute y se estrapallan intentando pillar moza desde Benavente a
Villablino.
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